No podíamos cerrar este año sin una escapada a Marruecos, el país de los contrastes. Este año prometía ser diferente: atravesaríamos rutas desconocidas, nos arriesgaríamos en una etapa de 600 kms, y -lo más importante- me acompañarían tres amigos.
El cruce de frontera fue tan pesado como siempre; sabes cuándo llega el ferry, pero es una incógnita lo que tardarás en salir. Después nos esperaron unos 200 kilómetros de asfalto hasta Oujda, al Este.
El día siguiente fue emocionante. Salimos antes del amanecer; nos retaban 600 kilómetros que recorrer. Tardamos... 14 horas en llegar al hotel!! Atravesamos el Rekkam, desde Oujda hasta Merzouga. Es una zona inhóspita, deshabitada; una gran plataforma a 1.000 metros de altura. Tuvimos que improvisar rutas alternativas, a consecuencia de crecidas de algunos oueds; recorrimos pistas gastadas e interminables; algunas aves migratorias nos acompañaron sobre las esplanadas de barro; y solitarios pastores nos saludaron mientras conducían a no sabe dónde sus rebaños de cabras. Agotados y de noche, pero con nuestras espectativas completamente saciadas, alcanzamos el Albergue de Alí el Cojo. Unas cervezas, una estupenda cena y un colchón duro sería la perfecta recompensa.
El día tres comenzó tarde: debíamos recuperarnos para no perder ritmo las etapas que nos esperaban por delante. Fue una toma de contacto con la arena y con el entorno. Terminamos a media tarde, y nos cambiamos al hotel Chergui (en Erfoud). Notablemente más confortable que el Abergue, pero también más alejado del Erg. Cada uno tiene su encanto.
La jornada siguiente sería la inmersión esperada en el Erg Chebbi. Para muchos, la joya de estos viajes desérticos. El tiempo nos acompañó, estaba más húmedo de lo normal porque estuvo lloviendo por la noche. Así que pudimos atravesarlo entero, perdernos por las dunas y sus recovecos, y disfrutar de la vista de la gran duna. Tras desbordar nuestra adrenalina, y disfrutar como niños grandes, recuperamos fuerzas en el Albergue de Ali y nos dirigimos a Erfoud, donde nos sumergimos en su piscina y nos entregamos a sus cervecitas. Al escribir estas líneas, me viene el recuerdo del bar del hotel y su olor a incienso quemado.
La próxima etapa fue también un descubrimiento. La verdad, es que todo este viaje se convirtió en una contínua sorpresa que nos fue regalando Marruecos. Un perímetro de 250 kilómetros alrededor de Merzouga nos condujeron por ríos secos, vadeos, zonas rocosas y valles pedregosos... Recorrimos los tres momumentos recientemente construídos en la zona a instancias del Gobierno marroquí, y que no se pueden dejar de ver: la escalera al infinito, la caracola, y la ciudad de las torres. Cuando comimos junto al escenario que se utilizó para la conocida película La Momia (sin aderezos de cartón piedra, eso sí), pensamos que la ruta ya estaba llegando a su fin; pero qué equivocados. Todavía nos quedaba el lago seco, los valles de piedas del norte de Merzouga y un último vadeo que desembocaría en la gasolinera, junto al hotel. De nuevo amenazaban las lluvias y una tormenta de arena se levantó en apenas 15 minutos. La visibilidad era nula. "Mamma Africa está loca", decía un bereber mientras se tapaba con su ropa.
Todavía quedaban dos jornadas de pista y navegación. La primera de ellas nos conduciría hasta las montañas. Las lluvias de la noche anterior convirtieron los ríos secos en unos cauces de barro, que nos hicieron disfrutar de la conducción hasta límites insospechados. Pero nuestra media de velocidad cayó en picado cuando nos adentramos en las ramblas.
Guijarros y piedras conducián la pista entre altos acantilados; escalones, surcos y pozas de agua complicaban aún más el paso de un tramo en el que difícilmente pasaríamos de 2ª velocidad. Y como anécdota, recuerdo llegar a un pequeño oasis en el cruce de dos ramblas en el que todo el poblado bereber salió a nuestro paso. Los más mayores dejaron de trabajar en el campo para levantar la vista, y los niños se pusieron en fila con intención de animarnos y chocar nuestra mano mientras cruzábamos despacio por la pequeña senda que atravesaba el pueblo. Imagino su desconcierto viéndonos trepar por una senda escarpada con nuestras motos, mientras ellos subían tranquilamente con su borrico y sus alforjas. El día terminaría en Midelt, en un moderno y confortable hotel. Allí, con las linternas y el forro polar, terminamos de poner a punto las motos para el día siguiente.
La última etapa de pistas nos llevaría hasta Fes, a través de los bosques de cedros y sus retorcidos caminos de montaña. No en vano, a esta zona la conocen como la Suiza Marroquí; de hecho, en el Atlas Medio existen hasta pistas de esquí. Afortunadamente no hubo barro en el recorrido, por lo que el día transcurrió con normalidad. Nos fotografiamos con el cedro centenario, comimos a la sombra (por fin), y jugamos con los monos que se empeñaban en quitarnos los cacahuetes que llevábamos como snack energético. El idílico paisaje, con lago incluído, termino cuando llegamos a Fes: qué ciudad tan grande y caótica, para nosotros que veníamos de zonas deshabitadas. El hotel, en lo alto de una colina sobre la ciudad, nos anticiparía la vista de la medina en la que nos sumergiríamos al día siguiente.
Estábamos en Fes, ciudad conocida por tener la primera Medina, una Menara única y por ser ciudad de curtidores de pieles y de tintes.
300 kilómetros de autopista y carretera nos separaban de Nador y el ferry. Monótonos fueron cayendo uno tras otro, mientras el sol avanzaba su recorrido y las agujas del reloj se aproximaban incesantes a la hora de embarque. Finalmente, con media hora de margen, agotados por la distancia recorrida y tristes porque atracar en España sería el fin de este inédito e impresionante viaje, llegamos a la frontera y comenzamos el pesado trámite adeuanero.
Hasta la próxima, Marruecos. Sin duda, volveremos a vernos y dejarnos embaucar por tus encantos.
Hasta la próxima, Marruecos. Sin duda, volveremos a vernos y dejarnos embaucar por tus encantos.
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